Una mujer de 25 años, oriunda de Quequén, quedó imputada por una presunta estafa contra una pyme familiar de Mar del Plata. Según la investigación, entre mayo y septiembre habría realizado 33 compras de quesos por más de $60 millones, enviando por chat comprobantes de supuestas transferencias bancarias que nunca se acreditaron.
La mecánica era bastante aceitada: hacía el pedido por teléfono, mandaba el comprobante y después un comisionista pasaba a retirar la mercadería para llevarla a Quequén. Cada operación rondaba, en promedio, el millón y medio de pesos. Y así, pedido tras pedido, el queso salía de la fábrica mientras la plata seguía brillando por su ausencia.
¿Y cómo saltó todo?
Por una cuestión bastante más sencilla que cualquier sofisticado sistema de inteligencia: otro comerciante de la zona se quejó por los precios demasiado bajos a los que la mujer estaba vendiendo los quesos. La empresa revisó entonces la última operación y descubrió que el dinero nunca había ingresado. Después revisó las anteriores. Tampoco. Ni una.
El allanamiento en su vivienda permitió secuestrar 95 quesos de distintos tipos, tres teléfonos celulares, una balanza, bolsas, un cuaderno con anotaciones y $11.400 en efectivo. La mujer fue trasladada a Mar del Plata, se negó a declarar y posteriormente recuperó la libertad, aunque continúa imputada mientras avanza la investigación judicial.
La moraleja empresarial es bastante menos glamorosa: un comprobante de transferencia no significa que la plata esté en la cuenta. Parece obvio, pero aparentemente hubo que convertir una montaña de queso en evidencia judicial para recordarlo. 🧀
En tiempos de billeteras virtuales, capturas de pantalla y operaciones hechas a velocidad de WhatsApp, la vieja costumbre de mirar si efectivamente entró la plata sigue teniendo una vigencia extraordinaria.
Porque una cosa es comprar queso.
Y otra muy distinta es que el queso te salga gratis.
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