Agustín Destribats encarna una doble existencia que parece salida de otra realidad. Por un lado, es un cordobés de 28 años que combina sus horarios para atender un local de ropa y así llegar a fin de mes. Por el otro, es un atleta de élite internacional, un gladiador que, en las lejanas repúblicas del Cáucaso ruso, es tratado como una estrella a la que incluso le evitan pagar la cuenta de un restaurante. Entre esas dos realidades transita el mejor luchador argentino del siglo XXI.

Horas antes de subir al tapiz y colgarse la medalla dorada en los Juegos Suramericanos 2026, Agustín recibió a Clarín en la Villa Olímpica. Acababa de clasificar a la final, y a pesar de la expectativa, se mostraba sereno. “En las primeras luchas sí estuve nervioso, pero después me solté. Ahora estoy tranquilo. Ya le gané esta mañana al otro finalista, así que vengo bien”, comentó con confianza, como presagiando la contundente victoria que lograría más tarde.
En la categoría hasta 65 kilos de lucha libre, Destribats resolvió la final en apenas 30 segundos, imponiéndose por 10-0 al ecuatoriano Joshua Kramer sin siquiera transpirar. Similar suerte corrieron en las instancias previas el chileno Matías Muñoz y el panameño Wilfredo López. Con esta actuación, revalidó el oro que había obtenido en Asunción 2022.
Criado en el barrio Estación Ferreyra de Córdoba capital, su nombre ya forma parte de la historia del deporte nacional. Es el único luchador argentino que posee cinco medallas de oro panamericanas y fue el primero en 25 años en clasificar a los Juegos Olímpicos masculinos en esta disciplina, desde Paulo Ibire en Atlanta 1996.
Sin embargo, el peso de esos logros contrasta con una cotidianeidad mucho más mundana: detrás del atleta se esconde un vendedor de ropa que, entre esfuerzos propios e invitaciones desde el exterior, recorre el mundo para entrenar junto a los mejores, viviendo la paradoja de ser tratado como un rey en lugares donde la lucha es un deporte de gran arraigo, y ser un trabajador más en su tierra.
Su acercamiento a la lucha fue casual y alejado del entorno deportivo familiar. “Empecé por un vecino que me dijo que habían abierto una academia de artes marciales cerca de casa. A mí no me interesaba mucho al principio”, confesó. Probó boxeo, savate y capoeira, pero fue en la lucha donde encontró su verdadera vocación. A los 11 años, al comprobar que podía proyectarse a nivel internacional, decidió enfocarse totalmente en la disciplina.
Su dedicación lo llevó a forjarse un camino internacional desde joven, viajando a Cuba, Estados Unidos, Alemania e Irán, adaptándose a distintos idiomas y culturas. Su etapa más intensa fue en Majachkalá, capital de la lucha en el Cáucaso ruso, donde vivió de forma intermitente durante tres años.
“En el Cáucaso ruso la lucha es una religión. En las calles, en vez de jugar al fútbol, los chicos practican lucha en el pasto. Es impresionante”, señala. Allí alcanzó estatus de celebridad local. “Después de ganar el bronce mundial, volvía y en un restaurante me querían pagar la cuenta personas que ni conocía. En la calle me invitaban a comer, como si fuera una figura”.
Cuando se le consulta sobre la disparidad entre esa fama y la realidad argentina, responde con aceptación: “Desde hace tiempo lo entiendo, entonces lo asimilo mejor. En Europa o Asia me tratan como un rey, soy una estrella. Acá no soy nadie, y está bien, es parte de cómo vivimos. De todos modos, amo mi ciudad, mi gente y mi cultura, y siempre llevo con orgullo la bandera”.
La realidad local implica jornadas extenuantes de hasta tres entrenamientos diarios, combinadas con la necesidad de trabajar para sostener su carrera. “Con las becas del ENARD y la Agencia Córdoba Deportes no alcanza para vivir, así que trabajo en un local de ropa”, admite con naturalidad.
Sabe que la exigencia de la élite requiere recursos: “Necesitamos suplementos, buena alimentación, y eso cuesta dinero. Yo además debo viajar para entrenar en el extranjero. Pagar todos esos viajes es difícil, pero el sacrificio es indispensable para competir al máximo nivel”.
Aunque recibe apoyo estatal, debe gestionar sus finanzas con ayuda de conocidos, familiares y amigos, lo que le permite costear algunas giras. “Estoy en un programa del ENARD, que cubre la mayoría de mis viajes, pero no todos. Por eso necesito apoyo extra. Con lo que gano trabajando y la ayuda que recibo puedo viajar. Sino, sería imposible”, detalla.
A pesar de contar con oportunidades para radicarse en el exterior, él prefiere seguir en Córdoba. “Soy muy argentino, amo mi casa, mi gente y mis amigos. Si viviera afuera tendría que llevar todo eso conmigo, y sé que no puedo. Prefiero batallar acá”.
Respecto a diferencias en los entrenamientos, destaca que la mayor brecha está en la recuperación: “El entrenamiento es similar, pero en otros países cuentan con fisioterapia, sauna, masajes y otros recursos que acá no hay. El año pasado, cuando gané el Panamericano, un rival de Estados Unidos mostró su rutina de recuperación y fue una locura. Yo me reía porque estaba con mates y criollitas, pero igual lo vencí. Imaginate si hubiese contado con ese apoyo”.
Con la medalla dorada de los Odes
AGENCIA DE GUARDIA SITIO OFICIAL!